Una pregunta sobrevuela de un tiempo a esta parte: ¿de qué manera influyen los dispositivos electrónicos en el contacto que comienzan a tener niños y niñas con el entorno?
Este artículo no pretende ser estadísticamente concluyente porque está centrado en la observación de los pequeños que integran el entorno particular más cercano y que ha sido el disparador de la interrogante que, además, nos debería interpelar como adultos.
Enrique Sobrado en Acerca del ser sujeto (1978), afirmó que el conflicto edípico es algo que atraviesa transversalmente al individuo durante toda su vida. En una primera fase la relación se da en un entorno pequeño o de pocos participantes, generalmente con la madre y el padre. Luego hay un pasaje a una fase siguiente, que es la relación que comienza a tener con un entorno más amplio; es decir, con otras personas, por ejemplo, cuando accede a las instituciones educativas formales del estado, o a grupos de pares en los que hay una iniciación en nuevos códigos y en el que el lenguaje se amplía, hasta llegar a las fases de vida adulta y vejez.
Un niño no es un “hombre pequeño”, ni un “hombre incompleto” (Sobrado, 1978, p.11), es una persona que deberá aprender a delimitar sus necesidades en relación con otros para crear su lugar y desde el cual poder hacer sonar su propia voz. Para convertirse en ser humano “se necesita nacer en una sociedad”, y esto es así desde siempre, porque como dice Harari en De animales a dioses (2018): “Para criar a un humano hace falta una tribu”, en la que se puedan “crear lazos sociales fuertes” (Harari, 2018, p.22)
Las modificaciones en el entorno cambian a todos los integrantes del grupo familiar. Hoy por hoy los medios de comunicación tradicionales y la incorporación de las nuevas formas de comunicación a nuestra vida diaria innovan nuestra forma de vinculación como adultos entre nosotros mismos y con los más pequeños. Tampoco debemos omitir el rol que nos toca cumplir en cuanto al ser orientadores de los que se inician en el mundo comunicacional tanto en el incentivo de la adquisición del lenguaje como en la vigilancia de los contenidos que aquellos consumen en los dispositivos electrónicos. Debemos cuestionarnos sobre distintos aspectos que hacen al ser social en este siglo. Pertenecemos a una generación que vivió un momento de auge de medios de comunicación como la radio y la televisión, y que fue testigo de los cambios profundos que trajo la revolución de los medios digitales. Hoy nos toca formarnos y a la vez formar individuos en una era en la que la comunicación se adapta con naturalidad a la evolución permanente de los medios, las redes sociales y la virtualidad, dominio de las nuevas generaciones, las que Marc Prensky denominó como “nativos digitales”. Cabe entonces por lo menos cuestionarnos qué está sucediendo con estos nuevos procesos de construcción social.
Sobrado describe las diferentes fases por las que los seres humanos van convirtiéndose, a través del paso de las mismas, en sujetos individuales, pero que además, están insertos en sociedades que los modelan mediante sus relaciones vinculares con los demás actores que la integran. Tanto el círculo familiar como las personas que van integrándose a la vida del sujeto, tienen una incidencia directa e indirecta en el desarrollo y el progreso de su vida. Estas fases están en permanente tensión entre lo que los individuos desean, pero aprendieron a reprimir como resultado del aprendizaje formativo que comenzó en el hogar, y lo que efectivamente se lleva a cabo con el transcurso de los años. Fases o “momentos que vuelven” y que se repiten a lo largo de toda la vida. Para Sobrado las fases son las relaciones afectivas que van moldeando al sujeto y es en la aparente “resolución” del complejo edípico que el sujeto se separa de los lazos afectivos primigenios y se desarrolla e independiza. Primero como individuo separado de sus padres, para luego formar parte de grupos de pares, entablar una relación amorosa, lograr una independencia económica, etc., pero estando siempre sujeto a una sociedad que le indica normas básicas de vida, convivencia y consumo.
Integramos una sociedad en la que se vive “rápido” y en dónde el deseo se convierte en una necesidad que debe ser saciada con inmediatez. Colmada esa necesidad, buscamos el placer en un nuevo deseo por alcanzar. Entonces es en el deseo en el que está puesto el énfasis de la satisfacción personal por encima del propio cumplimiento del mismo. Las cosas planteadas de esta manera nos revelan que nuestro mandato social actual es ser consumidores, nuestro placer está en el consumo. Pero este razonamiento ¿debería ser válido para el contexto social actual en el que niños y niñas están comenzando a desarrollarse? ¿Deberíamos renunciar a la lucha que hay que dar para que dispositivos electrónicos no sustituyan el acompañamiento tradicional de los adultos en el crecimiento de los más pequeños? ¿Cuál es el tiempo óptimo de permanencia frente a las pantallas?
El niño es «un ser sustancialmente distinto al adulto y sujeto a sus propias leyes y evolución; el niño no es un animal ni un hombre, es un niño» como dijo Jean Jacques Rousseau en Emilio, o De la educación (1762); y, en esencia es así, porque generalmente debe sobreponerse a lo que los adultos quieren que sea. Desde la infancia recibe un bombardeo con los deseos irrealizados o las frustraciones de sus padres de un futuro que no fue, o de sus seres queridos más cercanos. Sobrado dice sobre esto que muchos padres “nunca les hablaron a sus hijos, sino que se pasaron hablándose a sí mismos, reparando, corrigiendo, reivindicando sus propias vivencias”; por eso todos conocemos o escuchamos decir alguna vez a alguien: “no quiero que mis hijos pasen por las necesidades que yo pasé” o “no quiero que sufra lo que yo sufrí” o “quiero que tengan lo que no tuve”. Todo esto está en función de “restaurar” un pasado que no va a volver excepto por la idea inconsciente por parte de los adultos de que sí es posible, o porque son “momentos que vuelven” como dijimos anteriormente. Entonces estas fases de desarrollo podrían ser la razón que explican estas conductas adultas sobre los más pequeños.
En la actualidad el adulto tiene una gran dependencia con las tecnologías de la información y comunicación (TIC), tanto para trabajar como para estar socialmente “conectado” o estar permanentemente “en línea” en el mundo virtual. No sería descabellado afirmar que existe hoy por hoy en casi cualquier hogar uruguayo un dispositivo electrónico. Es muy probable que algún integrante del grupo familiar posea un teléfono celular, una tablet, una laptop, un pc de escritorio o alguna tv smart, entonces el contacto temprano que experimenta el niño con estas tecnologías hace que todo eso se vuelva parte de su “mundo”. Las posibles consecuencias desfavorables pueden llegar a incrementarse si los adultos les facilitan el uso de los dispositivos sin ejercer algún tipo de control, sin reparar en que un dispositivo electrónico no es un elemento de juego como pueden llegar a ser, por ejemplo, los juegos de encastre. Estos nuevos dispositivos pueden llegar a ejercer efectos no deseados en el comportamiento de los niños; y estos resultados, que en edades tempranas son mucho más negativos que positivos, ya se pueden empezar a ver en algunos estudios de comportamiento conductual de los infantes que pasan muchas horas expuestos al uso de los mismos.
Recientemente el profesor de Estudios de Psicología de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) José Ramón Ubieto, dirigió una investigación, titulada Del padre al iPad (2020) con 200 familias, en la que sostiene que la cantidad de tiempo que los niños se exponen a las pantallas “les genera una sobreexcitación sensorial y después son incapaces de aprender a disfrutar de otras cosas más sencillas”. Es un tema delicado que si no se atiende a tiempo puede traer consecuencias varias. Hemos dicho que el niño en una etapa primaria de su vida está conociendo el mundo exterior entonces no podrá “diferenciar” fácilmente ese “mundo virtual” del “mundo real”. La virtualidad posee otros elementos que estimulan de maneras diferentes, por ejemplo, la sobreabundancia de información: colores, luces, sonidos, etc.; todo esto determina que cuando se produce un cambio hacia el mundo real éste sea más lento y menos estimulante, por tanto, más “aburrido”.
Referencias bibliográficas y webgrafía:
- Sobrado, Enrique A. (1978). Acerca del ser sujeto. Editorial Imago.
- Harari, Yuval N. (2018). De animales a dioses. Penguin Random House Grupo Editorial.
- Rousseau, Jean J. (1762). Emilio, o De la educación.



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