El mito es un relato que, desde el conocimiento cotidiano, suele asociarse a algún suceso histórico real, aunque también puede ser alegórico o fabulado, debido a las mutaciones que el transcurso del tiempo y sus narradores tallan en cada réplica. Pero sí hay algo que está claro: los mitos no son cuentos ni leyendas. Tampoco debemos pensar que el contenido de esa narración es enteramente ficcional, sino que puede incluir datos verificables, pero que sin dudas en la transmisión -especialmente oral- ha sido decorado con detalles en exceso para que no pierda su atractivo y perdure en el tiempo. A su vez, se han encontrado coincidencias en narraciones que comparten época o región. Protagonistas con características físicas similares o que han transitado por derroteros equivalentes, incorporación de nuevos personajes, nuevas temáticas o algunas modificaciones, pero que conservan una base estructural que se repite.
Tal vez una de las principales características del relato mítico sea el de contener una historia que aconteció en realidad, pero no su descripción cronológica y exhaustiva de los hechos. Esto nos deriva hacia una conclusión atinente: por más que los elementos que componen el relato mítico pueden ser discutibles, la creencia en los mismos se vuelve incuestionable. Es por esto que Roland Barthes afirma en Mitologías (1999) que: “El mito no se define por el objeto de su mensaje sino por la forma en que se lo profiere: sus límites son formales, no sustanciales” (p.108). La estructura narrativa es lo que trasciende al contenido en sí, mientras que la sustancia permanece inalterable. Para Barthes la realidad puede entenderse como un mito, porque son construcciones sociales que están atravesadas e influenciadas por el lenguaje que varía según la posición social que tienen los individuos. En consecuencia, el tema de fondo no es el mensaje específico, sino cómo es proferido.
Este enfoque permite hacer un paralelismo con lo que Aristóteles describió como “sustancia secundaria”: para hablar de ella no es relevante describir a un ser humano en cuanto a su forma individual, sino a lo que puede decirse de él. Los mitos funcionan de manera similar, se vuelven parte de las comunidades, ayudan a construir modelos sociales y culturales, consolidan identidades colectivas con sentido de pertenencia a un grupo determinado, influyendo en su comportamiento individual y grupal. Este intento de regulación de un “caos natural”, busca un orden detrás del desorden, trata de esclarecer lo que no tiene explicación racional, propone un orden clasificatorio del mundo diferente al que la historia como disciplina nos tiene acostumbrados, pero que se ajusta a la sociedad de la que surge y se transmite como parte del legado cultural. Otra producción de sentido parece ubicarse claramente “a la vista” porque se hereda de generación en generación y se reproduce casi de manera inconsciente como parte de las costumbres tradicionales. Es por esto que el sentido, en este contexto, debe entenderse como una relación fenomenológica de reciprocidad de significación y objeto, que además de ser biunívoca, siempre está vinculada a la interioridad psíquica de quien observa e interpreta.
El pensamiento mítico es metafórico y se despliega en una concepción del tiempo que no es lineal, sino circular. Nuestra percepción habitual de los acontecimientos es lineal (más asociada a las líneas temporales), pero la idea de mito no podemos entenderla de esa manera, porque su construcción discursiva no lo permite. En este sentido Lévi-Strauss propone en Mitológicas I-IV. Lo crudo y lo cocido (1968): “Así que no pretendemos mostrar cómo piensan los hombres en los mitos, sino cómo los mitos se piensan en los hombres, sin que ellos lo noten” (p.132). Los mitos ofrecen una nueva cosmovisión en la que los fenómenos de la naturaleza, que carecen de explicación racional, encuentran su fundamento simbólico y se integran a la tradición.
La puesta en práctica con un casi imperceptible aggiornamento o actualización de la significación simbólica que constituye el lenguaje mítico de comunidades existentes en todo el mundo y que comparten (o no) relatos con contenidos similares, personajes, alegorías e hipérboles; nos hacen pensar en una idea presentada por Marshall Sahlins: la “mito-praxis” (1987, p.57). Las prácticas sociales se fusionan con las narrativas mitológicas. Lo performativo se une con lo cosmológico.
Desde la comunicación -y particularmente quienes ejercen la profesión-, resulta imprescindible estar siempre atentos a los modos de significación que puedan reducir los mitos a una idea específica o a un objeto concreto, simplificando el fenómeno. La figura del “Che” Guevara es un ejemplo elocuente: convertida en símbolo, su imagen aparece en remeras, banderas o murales, etc; ya no sólo como personificación de la lucha antiimperialista de los pueblos oprimidos, sino, por ejemplo, como representación de enfrentamiento y resistencia en una cancha de fútbol. Lo curioso es que la figura del guerrillero suele estar presente en hinchadas opuestas…
De la misma manera que los mitos forman parte esencial de las comunidades, también son constructores de identidad. Como mencionamos anteriormente, los relatos pueden variar leve o sensiblemente entre dos poblaciones territorialmente cercanas y es de esta manera que el discurso (principalmente oral), llegó desde la antigüedad hasta nuestros días. Historias que recorrieron terreno y tiempo actualizaron sus referencias para que fuesen entendidas como algo creíble, tangible o comprobable y permitiera la aparición de una relación de certeza entre idea y hecho, porque entre los crédulos no trasciende cualquier historia, ¿o sí?.
Narraciones espectaculares del débil que venció al fuerte, del pobre que se convirtió en rico por un golpe de suerte, del infeliz que encuentra la felicidad en la simpleza de las pequeñas cosas de la vida y no en la acumulación material. Todo esto y más, se encuentra en cualquier historia, en cualquier parte del mundo y en cualquier momento histórico. Y así llegamos a relatos de hombres que se «sacrificaron» en defensa de un ideal, que le plantaron cara al poder imperial de turno, o de aquel que multiplicó los alimentos, caminó sobre el agua y resucitó de la muerte… Todo lo que es humanamente imposible se vuelve posible en el relato mítico. Aunque no existan documentos escritos de testigos directos que certifiquen tales hechos, son muchos los que afirman que todo lo que trasciende es verdad, porque un libro con circulación masiva lo viene relatando hace cientos de años. Sin embargo, no debemos olvidarnos que la observación de quién participa como testigo, viene cincelada por una carga emocional subjetiva de percepción de los acontecimientos que se desarrollan en determinado contexto.
De nuevo, ideología y religión se confunden en ese juego incesante de connotación individual que nos caracteriza como seres humanos. Tampoco podemos desconocer que muchas culturas utilizaron textos como la Biblia como un manual de conducta y comportamiento. Ese libro retrató relatos orales con gran eficacia y mucha gente creyó la ficción solamente porque estaba escrita… Otras fantasías también han sido escritas, pero no han sido impuestas bajo el filo de la espada, la soga de la horca o el fuego de la hoguera para trascender.
- Barthes, R. (1999). Mitologías. México: siglo xxi editores, s.a. de c.v.
- Lévi-Strauss, C. (1968). Mitológicas I-IV. Lo crudo y lo cocido. México: Fondo de Cultura Económica de México.
- Sahlins, M. (1987). Islas de Historia. Barcelona. Editorial Gedisa.



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