“Una mentira puede dar la vuelta al mundo
mientras la verdad todavía se pone los zapatos”
Mark Twain
Este artículo aborda algunos de los fenómenos comunicacionales contemporáneos que caracterizan a las sociedades actuales y analiza (brevemente) de qué maneras estas nuevas formas de comunicación influyen en las personas. En particular, se propone reflexionar sobre la relación entre infodemia, mitos, fake news, desinformación y desmitificación; así como las posibles estrategias para fortalecer la resistencia social frente a contenidos engañosos o manipulados que circulan como si fueran información veraz.
En la actualidad asistimos a una crisis de credibilidad informativa, producto principalmente de dos factores que definen nuestra época: la velocidad con la que circula la información y el volumen inabarcable de contenidos disponibles. El sistema mediático contemporáneo -favorecido por la democratización del acceso a la producción y difusión de noticias- ha generado las condiciones necesarias para la proliferación de noticias falsas, informaciones manipuladas y relatos simplificados que adquieren rasgos míticos. Este fenómeno es conocido como infodemia.
La infodemia implica, además, una creciente dificultad para distinguir información falsa de información verdadera. Durante la pandemia de COVID-19, la Organización Mundial de la Salud (OMS) advirtió sobre la existencia de una «pandemia informativa» paralela a la sanitaria, capaz de debilitar la confianza pública en los sistemas tradicionales de comunicación y de afectar la adhesión a las medidas de cuidado. Este escenario se vio potenciado por el aumento del consumo de información a través de medios digitales, en los que los usuarios son simultáneamente productores y consumidores de contenidos.
Hoy resulta imprescindible pensar en una comunidad global. La “aldea global” de McLuhan se expandió hacia entornos digitales masivos que trascienden fronteras políticas, sociales y culturales. Las personas que interactúan mediante dispositivos electrónicos, las plataformas digitales y las redes telemáticas, conforman una comunidad nunca antes vista. En este contexto, las narraciones simbólicas encuentran nuevas estructuras de circulación adaptadas a los tiempos actuales. Los mitos “informativos” serán, por tanto, narraciones o relatos simplificados, que se compartirán a gran velocidad, gracias a las plataformas de mensajería y redes sociales, debilitando los mecanismos tradicionales de verificación previa a la publicación.
Este tipo de relatos presenta características comunes tanto en los públicos a los que alcanza como en los espacios de circulación. Están diseñados más allá de la calidad o veracidad de su contenido y suelen apelar a emociones, porque se construyen para multiplicar mensajes más allá de la calidad o veracidad de su contenido. Las noticias o informaciones que apelan a lo emocional, prejuicios, creencias y demás subjetividades, son atractivos más allá de estar repletas de sesgos o razonamientos infundados, pero hay otra particularidad que no podemos pasar por alto: estos espacios de difusión son utilizados por cualquiera que quiera expresarse y eso iguala y democratiza, aunque no todas las opiniones deberían tener el mismo peso ni la misma legitimidad.
Las opiniones divergentes son siempre bienvenidas en una sociedad democrática, sin embargo, deben evaluarse considerando el “lugar” desde el cuál se enuncian, los intereses que persiguen, los fundamentos que las sostienen y la idoneidad de quien las emite, de lo contrario, creencias individuales pueden transformarse en verdades colectivas. Las opiniones con “liviandad” sobre temas complejos y los relatos con características más cercanas a los mitos, no deberían volverse versiones populares, sobre todo las teorías conspirativas o cosmovisiones que simplifican el mundo.
La razón lógica circular
Irving Copi en su libro Introducción a la lógica (1976), describe diversos tipos de “errores de razonamientos en los cuales podemos caer por inadvertencia o falta de atención al tema” (p. 82). Encontramos en este manual un tipo de falacia no formal llamada petición de principio en la que caemos involuntariamente al tomar “como premisa de su razonamiento la misma conclusión que se pretende probar” (p. 94). Este concepto resulta útil para comprender por qué es tan atractivo para nosotros utilizar, casi todo el día, los dispositivos tecnológicos y navegar en plataformas en las que encontramos razones que nos ayuden a reafirmar conceptos o ideas “preconcebidas”, más allá del uso por puro entretenimiento.
Si nuestras opiniones se ven reflejadas en las opiniones de otros usuarios del mundo virtual, seguidores de las redes o resultados de webs que nos arrojan los motores de búsqueda, cometemos el error de validar nuestras suposiciones o argumentaciones porque aparecen en los resultados de esas búsquedas. La forma en que funciona el algoritmo que nos “conoce” mejor de lo que nosotros pensamos, que sabe lo que nos gusta, que registra y compila el tipo de contenido que preferimos ver y los comentarios que coinciden con los que escribimos nosotros o a los que les damos “me gusta”, hará que nuestra opinión se amolde con los resultados. Es de esta manera que caemos en el error falaz de dar como verdadero algo que confirma nuestras sospechas, pero las confirma porque conoce los intereses del tipo de perfil que tenemos para navegar en las diferentes plataformas digitales. De este modo es como funcionan las nuevas lógicas de consumo que refuerzan un razonamiento circular que nos encierra en un micromundo virtual.
Surge aquí una pregunta central: ¿la segmentación del mercado se reduce casi hasta lo individual o se construyen perfiles mediante patrones de comportamiento (con recolección masiva de datos) que inducen gradualmente a las personas a que poco a poco coincidan con dichos perfiles?.
Nuestro juicio, opiniones, afirmaciones y verificaciones, están validadas por este sesgo de “razonamiento motivado”, en el que utilizamos sólo los argumentos que confirman nuestras conclusiones, es decir, que funcionan como una «cámara de eco». Este error (involuntario o no), lo cometemos a la hora de afirmar o descartar información que nos es conveniente, según la lógica en la que estamos inmersos. Gracias a esa micro-segmentación empezaremos a ver sólo los contenidos que nos gustan, las opiniones coincidentes y las publicidades súper segmentadas hacia nuestro tipo de perfil. Esto cierra el círculo de conveniencia y de convivencia virtual, algo que no podemos hacer en la vida real, porque ahí tenemos que convivir con lo que no coincidimos tanto y no podemos anular, borrar o darle un dislike para que no nos vuelva a aparecer en lo recomendado, algo que sí podemos hacer en nuestro «mundo virtual”.
El algoritmo, una vez entrenado, nos brinda seguridad y eso nos hace navegar con tranquilidad. Nuestra tecno-identidad o tecno-nombre -parafraseando a Echeverría y Almendros-, se convierte en una nueva forma de actuar y habitar el mundo. Aunque sea virtual esta identidad adquiere relevancia, porque pasamos casi todo el día conectados, incluso mientras dormimos…
Cada vez tenemos más posibilidades de conocer el mundo que se expande en nuestras pantallas, pero nosotros preferimos convivir en nuestra realidad limitada con otras tecno-identidades que coinciden con nuestras opiniones y gustos, porque esa “circularidad” nos da seguridad de pertenecer a un entorno inmune por más que sea virtual y estemos girando, sin darnos cuenta, en una lógica de realidad virtual-infodemia-desmitificación.
Terraplanistas, antivacunas y negacionistas climáticos
“La información falsa puede ser difundida por error o con la intención de confundir. Cuando existe la pretensión de confundir, se denomina desinformación”. A lo largo de la historia siempre existieron personas y discursos que cuestionaron el status quo. No obstante, en la actualidad algunas teorías conspirativas se expanden masivamente gracias a las formas de interconexión que utilizamos a diario.
¿Pero qué sucede cuando nos encontramos con teorías absurdas que se replican masivamente y ganan adeptos rápidamente en todo el mundo gracias a las tecnologías actuales como las redes sociales?.
Terraplanistas, antivacunas y negacionistas climáticos sostienen que tanto los gobiernos como las grandes empresas que operan en todo el mundo, han complotado para ocultar una «verdad» que no conviene que salga a la luz. Algunas de sus razones son que científicos, políticos y empresarios, buscan enriquecerse a costa de la salud de la gente (en el caso de los movimientos antivacunas), o de obtener fondos o imponer regulaciones (en el caso del calentamiento global). En cuanto a este último punto ha recibido adhesión hasta del primer mandatario de los EE.UU., quien no sólo ha dicho que el calentamiento global es un “engaño”, sino que ha tratado de silenciar las voces que lo contradicen.
Tampoco pretendemos defender una única verdad incuestionable, porque eso se acercaría más a lo dogmático y se alejaría de lo científico, en el sentido del descreimiento que genera quien intenta postular una teoría única o legítima y desacredita sin más otras teorías porque a simple vista podrían parecer “descabelladas”. En tal sentido, la oposición debería centrarse en las personas u organismos que se adjudican la “versión oficial” y no en los supuestos que contienen las teorías propuestas. En disciplinas como la ciencia lo que prima es la constante revisión de procesos con los que se llegaron a determinados resultados y esta característica es lo que le da credibilidad y fortaleza. La lucha se traslada entonces hacia el campo del término foucaultiano de biopoder, porque si observamos algunas de las estrategias que utilizan los que defienden estos movimientos, vemos que utilizan un lenguaje que apunta a la emoción y a la desconfianza para sembrar el miedo y la incertidumbre como herramientas de control simbólico.
Algunas afirmaciones que se conocieron en la última pandemia decían que las vacunas creadas para combatirla en realidad “enfermaban” o incluso que las megacorporaciones farmacéuticas se aprovechaban del desconcierto mundial e incluían chips en las vacunas para fines desconocidos. O los defensores de la teoría de que el calentamiento global son variaciones de temperatura que siempre hubo a lo largo de la historia, frente a la evidencia científica que lo contradice. Debo mencionar aquí a Guillermo Ramis, meteorólogo de nuestro país, que afirma esto mismo que acabo de escribir y que no defiende o adhiere al movimiento de negacionistas climáticos, sin embargo comparte algunos de sus postulados…
Los tres movimientos que acabamos de ver se instalan en la lucha de discursos de la actualidad apelando a la desinformación, información parcial, a las emociones, la desconfianza intrínseca en los seres humanos y las teorías conspirativas. Es por esto que consiguen visibilidad y adeptos.
Influencers y nuevos dogmas
En nuestros días podemos ver claramente cómo la visibilidad en las redes sociales suele estar asociada a la capacidad de generar impacto emocional y no necesariamente a la solidez argumentativa. Entonces quien logra más likes, seguidores, retweets, reposteos, etc., puede difundir un mensaje con más potencia si tienen eso en cuenta.
El Manual para desmentir la información falsa 2020 sostiene que: “El éxito de la comunicación se basa en la credibilidad de quien comunica” (p.9), entonces podemos decir que no importa el qué se diga, sino cómo se diga. Lo que vienen a agregar las plataformas digitales junto a las redes telemáticas, es que la credibilidad de quien emite el mensaje, pero que no utiliza sólo su imagen sino también un conjunto de recursos novedosos actuales, como el alcance y la viralidad, apoya la veracidad de su argumento en el campo puramente visual. Lo que no se ve tan bien, no es tan creíble.
Quien se dedique a la comunicación en nuestros días no deberá ser tal vez, quién posea mejor preparación y conocimiento de cómo es la historia de la comunicación, de la extensa teoría que se ha escrito o cómo es que han funcionado los medios desde sus comienzos hasta el día de hoy, sino que deberá dominar con excelencia los lenguajes visuales, los formatos breves y las lógicas algorítmicas, porque hay un consumo exponencial del recurso visual en la forma del contenido que se difunde a través de las plataformas actuales, incluso más que la fiabilidad de su argumento.
Más allá del conocimiento del tipo de plataforma en la que se va a divulgar el mensaje, porque no es lo mismo Instagram que X, o Facebook que TikTok; lo que promuevan los y las influencers mediante videos cortos, memes o infografías de apariencia científica, tendrá mejor alcance que lo que hagan investigadoras e investigadores durante años, observando, experimentando o registrando resultados en el campo científico. Es necesario que personas de la academia y con posibilidades de divulgar conocimiento “salga del laboratorio” y aprendan a comunicar lo que se estudia de manera accesible, sin perder rigor.
Influencers llevan una ventaja hoy por hoy, y no sólo me refiero a temas científicos, manejan mejor las herramientas comunicacionales actuales y tienen posibilidades de llegar a comunidades más cerradas en donde circula poca información, mediante las formas en las que los algoritmos deciden qué ver y qué no ver. Ésta es también una manera de validar el conocimiento, pero por posibilidad de aparición en los motores de búsqueda (muchas veces bajo patrocinio) y no por la verificabilidad de las teorías propuestas.
Las lógicas actuales de consumo de contenidos han inclinado la balanza hacia lo visual, sobre todo en redes sociales o plataformas audiovisuales. Las tecnologías también permiten crear “micromundos” en los que se retroalimentan las creencias, reafirmando una identidad grupal. Influencers, celebridades y políticos con poca formación en temáticas sensibles, pero con gran poder de alcance y convocatoria, tienen la posibilidad de amplificar un discurso simplificado frente a audiencias no especializadas que lo aceptan sin más porque lo dice ese “alguien” a quien admiran o idolatran.
Encontramos aquí ciertos sesgos que favorecen la difusión de las ideas de la manera mencionada. El público que es atraído por determinadas temáticas trata de confirmar sus creencias y rechazar lo que las contradice. El pertenecer a un grupo que conoce la “verdad” les da una sensación de superioridad frente al resto que no se da cuenta que está siendo engañado, además de que sienten orgullo de estar del lado de los que ofrecen resistencia al poder establecido.
Frente a este escenario, el desafío consiste en proponer miradas alternativas, sustentadas en argumentos sólidos e información verificada, que permitan disputar el sentido en el espacio público digital.
Referencias:
- Wikipedia Infodemia – Wikipedia, la enciclopedia libre
- Ferrater Mora, J. (1978). Diccionario de Filosofía abreviado. Editorial Sudamericana.
- Manual para desmentir la información falsa 2020: https://sks.to/db2020
- Copi, I. (1976). Introducción a la lógica. Editorial Universitaria de Bs. As.
- Portal de noticias E&E: How Trump’s assault on science is blinding America to climate change – E&E News by POLITICO



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